Novela
EL RUFIÁN MOLDAVO
EDGARDO COZARINSKY
(La Bestia Equilátera – Bs. As.)
“Los cuentos no se inventan, se heredan”, afirma Samuel Warschauer en la primera frase de la novela.
El joven que lo escucha ha llegado al asilo de ancianos en busca de los orígenes del teatro idish en la Argentina. Luego, la pesquisa lo llevará, desde un archivo en el subsuelo de un teatro, hasta oír los testimonios de protagonistas y recorrer los escenarios de la época.
Se siente un detective, un “arqueólogo del pasado reciente” detrás de huellas, de “recuerdos ajenos”. Decide enfrentarse a los restos del mundo del teatro idish (“El teatro idish está muerto...”), a un idioma que no conoce, a sus actores, sus teatros: en el crepúsculo de esas sombras que no acaban de esfumarse percibe que hay un relato, un pasado, que llega hasta él.
Descubrirá la historia de Teófilo Auerbach y de su única obra teatral, El rufián moldavo, representada en la década del 30. A partir de esta obra, comienza el rastreo sobre la Zwi Migdal, organización de trata de blancas que operó en el país desde principios del siglo XX, y adquieren otro sentido los carteles en las puertas de las salas: “prohibida la entrada a rufianes”.
En la ficción se entrecruzan sucesos, lugares y nombres de la realidad (Teatro Ombú, Teatro Excelsior, Maurice Schwartz, Ben Ami) que brindan otra consistencia a ese universo de supuestos fantasmas, porque el narrador/investigador construye la novela como una coartada: “me creo libre de toda nostalgia por lo que nunca conocí, solo me atrae iluminarlo con los imprevisibles reflectores de la ficción”.
A finales de la década del 70, Julio Ardiles Gray entrevistó a David Zvilij, figura clave en la historia del teatro idish, quien señaló respecto a la lengua idish: “Los idiomas de la inmigración ahora son un recuerdo cercano y nada más”. Sin embargo, estas voces resuenan de tal manera que reclaman no ser olvidadas; y si, como dice Warschauer, acaso los muertos se comunican en los sueños con los vivos, transmiten sus palabras llenas de futuro y presente, como una herencia.
© LA GACETA
Máximo Hernán Mena